miércoles 30 de mayo de 2007

Summer

Ya parece que no da tanta pereza levantarse por las mañanas porque el Sol lo hace antes que tú. Incluso los pantalones cortos se hacen llevaderos tan pronto como aún resuena el eco del gallo. Los huecos de la mañana ya no son para amortizar las coderas sino para escapar, como un amor adolescente, a la playa y darle algo de color al muñeco de nieve.

Mamá ya ha cambiado los purés, la sopa de picadillo y el potaje por la ensaladilla rusa o el gazpacho. La telebasura cambia sus colores por tonos rosados y cálidos, algo afrodisíacos. Las siestas se hacen un poquitín más largas y ya no hay mantas que nos arropen. Aparecen las goteras en las axilas y las botellas de agua se vuelven imprescindibles en cualquier mochila. Algunos aprovechan Mayo para hacer su Agosto en la playa.

En el gimnasio, más de uno ya se ha dado un par de vueltas por la sartén. El Sol se retrasa y como un zagal, llega tarde a casa. Mientras, por la Avenida, el olor a sal y a mar vuelan más que nunca y se adhieren a nuestros corazones.

Y sobre todo... ya cuesta dormirse. Pero aún así...


...aquí, ya huele a verano...


JL
martes 29 de mayo de 2007

Can you repeat please? (IV)


Quien habla mal de mí a mis espaldas mi culo contempla.


Winston Churchill



JL

PD: Sí, va con segundas.
domingo 27 de mayo de 2007

Más allá de lo que vemos

¿Qué hay ahora mismo entre tu y yo?


¿Espacio? Mucho. ¿Kilómetros? Apenas unos pocos, cientos o incluso miles...
¿Tiempo? Desde el momento en que yo ahora dibujo mis pensamientos, hasta cuando tú los haces tuyos, pueden pasar minutos, horas, años... siglos...

¿Y ya está?

No, yo creo que no.

Es cierto que cada vez la ciencia nos sorprende más. Nuestros padres no podrían siquiera imaginar que, por ejemplo, hoy mi voz, mis palabras, lleguen a cualquier rincón del mundo en apenas un segundo. De la misma forma, nosotros somos incapaces siquiera de perfilar en nuestra imaginación qué nos deparará el mañana, en qué se convertirá nuestro día a día o si nuestros hijos seguirán tomando la nueva droga de la juventud, el Internet. Pese a todo ello, la ciencia no ha sido capaz aún de escudriñar los resquicios más profundos de nuestra humanidad, de nuestro ser.

¿Qué nos hace humanos? ¿Qué nos hace tan distintos, tan dichosos, tan especiales, tan... perfectos?

Nosotros nos relacionamos. Y somos conscientes de ello. Dejamos el instinto atrás, elegimos, tomamos un camino u otro y ello determina nuestro futuro, nuestra compañía, nuestra realidad.

Y estoy seguro, o al menos, quiero estarlo, de que en el interior de esa relación, de esa conexión tan simple que es un hasta luego, un apretón de manos, un abrazo, un beso... hay algo más. Quiero pensar que dentro de ese sencillo gesto, se esconde algo complejo, algo inimaginable por la ciencia, algo divino, algo mágico que sólo Dios sabe qué es. Algo que al no conocer nos resulta más atractivo.

Quiero creer que hay algo que nos une a todos. Por lo visto, unos ordenadores producían números aleatorios continuamente, y en hechos cumbre como el 11 de Septiembre, dieron todos la misma combinación. Yo no quiero creer en el azar. No soy capaz de pensar que todo lo que me rodea no es más que otra combinación aleatoria. Yo quiero pensar que hay algo que nos conecta, que nos dirige y que nos mueve, un motor, Dios, que nos mantiene juntos. Que es capaz de unir lo que el hombre intenta separar y raciocinar.

Yo quiero creer, y aquí es adonde quiero llegar, que todos estamos unidos.

Miles de veces me habré mirado al espejo, y habré pensado en quien, en ese momento, era más que un nombre o un hasta luego para mí. Otras muchas me asomé a mi ventana y miré el cielo y las estrellas y me pregunté si, desde otro lugar (desde donde se ve lo mismo que yo veo) alguien más piensa en mí. Yo quiero creer que cuando algo en mi interior pega un brinco y mi corazón se sobrecoge, o que cuando se me pone el vello de punta, es porque alguien está llamando a las puertas de mi corazón. Alguien que salva el espacio y el tiempo del que hablábamos antes.

Quiero pensar, que no todo está por descubrir. Me gusta confiar en que siempre habrá algo que escape a nuestra comprensión, que siempre haya un ápice de misterio, magia y sorpresa en nuestra vida.

Quiero pensar... que como Goytisolo dijo un día a Julia, alguien se acuerde de esto que yo hoy escribí pensando en ti como ahora pienso, porque quizá en el momento en que yo lo hice, algo se encendiera dentro de ti, igual que acaba de hacerlo dentro de mí.



JL


PD:


Publicado por Jesús Lleonart a las 21:59 | 12 comentarios (Se abrirán en una ventana emergente)   #
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jueves 24 de mayo de 2007

Pues... va a ser que no.

Cuando apenas era un renacuajo, de esos que se levantan prontito para ver los Powers Rangers o que se tapaban los ojos en los anuncios de sujetadores, me preguntaba yo si sería guay escupir por la calle como lo hacían en las pelis. Luego resultó que vi como un señor muy feo, ordinario, descuidado y con poco vocabulario (un cateto) lo hacía, y se me quitaron todas las ganas, así, de sopetón, como cuando mi padre me tiraba de las patillas y yo aprendía la lección inmediatamente.

Un poco más adelante yo me preguntaba, si estaría guay eso de decir palabrotas sin ton ni son. Pero de nuevo, en mis paseos por la calle para conocer mundo, como el de hoy, vi un día que una "señorita muy guapa" miraba con la cara de quien ve una cucaracha a un obrero que le soltaba un borderío. Así que, como que tampoco.

Hoy, que ya no me saco los mocos, que he dejado los Power Rangers para cuando nadie me ve, y que domino un poquito más los usos del lenguaje, me he preguntado como sería aquello de ponerse los cuellos del polito para arriba. Y de paseo por la jungla, uno ve como uno de esos carroñeros, digo canis, va con su polito con los cuellos mirando al cielo, el piercing en el hocico, digo, en el labio, y los bamboleos al andar propios de un gorila.

Entonces pienso, pues... va a ser que no.



JL

Can you repeat please? (III)

El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe adónde va.

Antoine de Saint-Exupery




JL
miércoles 23 de mayo de 2007

Punto


¿Y aparte...?



JL
Publicado por Jesús Lleonart a las 21:44 | 5 comentarios (Se abrirán en una ventana emergente)   #
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martes 22 de mayo de 2007

Delirios de Shakespeare...

Soneto CXXX

My mistress' eyes are nothing like the sun;
Coral is far more red than her lips' red:
If snow be white, why then her breasts are dun;
If hairs be wires, black wires grow on her head.

I have seen roses damask'd, red and white,
But no such roses see I in her cheeks;
And in some perfumes is there more delight
Than in the breath that from my mistress reeks.

I love to hear her speak, yet well I know
That music hath a far more pleasing sound.
I grant I never saw a goddess go:
My mistress, when she walks, treads on the ground.

And yet, by heaven, I think my love as rare
As any she belied with false compare.
William Shakespeare


Sencillamente, sublime.


JL


lunes 21 de mayo de 2007

Home

Puede que vaya siendo hora de comprobar la resistencia de los cimientos... de dar en el clavo, de abrir la caja de Pandora o de borrar los eufemismos. Va siendo hora de ver cómo reaccionan mis contertulios ante un tema polémico-tabú.


Bien, ahí la tenéis. A simple vista, un trozo de tela, de color y con un dibujo. Un símbolo. Y como todo símbolo, éste, se asocia a algo, a un sentimiento: amor y agradecimiento.
Podríamos haber caído en cualquier lugar del planeta, podríamos haber nacido, por ejemplo en Ruanda, y vivir en un ambiente de guerra constante en donde todos y cada uno de los que mueren lo hacen sabiendo que han dado su vida por otro trocito de tela como este. En nuestro caso, caímos en el lugar que la Tierra escogía para terminar en la Edad Media, el lugar desde donde Colón decidió borrar los límites de la existencia occidental, el lugar en el que durante muchos años nunca se puso el Sol. Somos propietarios de la tortilla de patatas, nuestros poetas patentaron la España de charanga y pandereta, cada filamento de esta bandera viene de un rincón de esta rica y diversa península que nosotros, la mayoría, llamamos hogar.

Millones de hombres, MILLONES, dieron su vida un día con esta bandera colgada a los hombros, gritando al unísono y con el corazón teñido de amarillo y rojo, por confeccionar lo que hoy muchos no son capaces de amar. Si no fuera por todas esas almas, que sufrieron las penurias de las peores guerras, epidemias y luchas hoy no seríamos lo que somos. A lo mejor viviríamos en un país fragmentado (si hubiéramos nacido, todo hay que decirlo), donde reinara el caos y la muerte en todos los rincones. Pero no, un español con un arcabuz al hombro, muchos cojones y una alforja repleta de patriotismo, lucho junto a miles de patriotas para que tú, disfrutes ahora de lo que tienes. Un país libre, unido, una España democrática en la que todos los hijos de esta madre patria debemos ser cuanto menos, hermanos.

Y a esto me refería yo, agradecimiento. Valorar el sacrificio que un día realizaron unos pocos, para que hoy todos podamos disfrutar de algo que, no todo el mundo tiene... un país libre, en el que poder vivir y ser felices.

Y que menos que amar ese sacrificio, a caballo regalado no le mires el diente, dar gracias a Dios por lo que tenemos y amarlo con todo nuestro corazón.

Con la sangre de un guerrero y el primer rayo de Sol, hizo Dios una bandera, y se la dio a un español.

Mucha sangre se ha derramado para que hoy no seamos capaces de amar a nuestro país, muchos crepúsculos se han teñido de rojo por culpa de guerras que por fin confeccionaron lo que hoy es nuestro país. Muchos hilos movió Dios para que pudiéramos tener un lugar al que volver cuando nos vamos, un país que nos espera cuando partimos, un hogar que amamos y comprendemos.

Por desgracia este sentimiento no es dogma de fe, y al igual que esta bandera me inspira todo esto, a otros, otra bandera, les inspira miles de emociones distintas. Es el caso de los nacionalismos, que no vienen al caso en este momento y contra los que no me manifiesto ni a favor ni en contra.

A mi lo que realmente me hierve la sangre, es la indiferencia. El "progresismo" que hoy en día creen tener algunos como bandera e ideario. El ser un pasota, un hombre sin proyecto, que diría Ortega y Gasset, que se dedica a verlas pasar y se despreocupa de todo lo que le rodea. Querido amigo, a ti al indiferente, al que se ríe cuando me late el corazón a mil por hora cuando oigo el himno de mi país, al que no comprende que miles de hombres hoy en día sigan estando dispuestos a arriesgar su vida por ti, te digo, de la mano de Lord Byron:

El que no ama su patria no puede amar nada.


JL


Publicado por Jesús Lleonart a las 14:35 | 24 comentarios (Se abrirán en una ventana emergente)   #
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domingo 20 de mayo de 2007

Mucho que ganar...

"Quien no arriesga... no gana"

Y no lo digo con experiencia, 17, casi 18 años, no dan para mucho; quizá para alguna que otra anécdota graciosa, o, con excesivo relleno, para una buena historia de 20 páginas. Pero, últimamente, la vida me ha enseñado lo que esta frase tiene de dogma de fe.

Hará un par de meses, que el coordinador de mi colegio apareció por nuestra clase, poniéndonos los dientes largos a todos con un gran viaje por Europa, una beca para los 50 mejores alumnos preuniversitarios de España. Esa anécdota que interrumpió, como un rompimiento de gloria barroco, la clase de Historia, pasó a los cinco minutos a ser un folio informativo colgado en el tablón, un nuevo adorno para el pasillo y no más que "otro de esos rollos de la universidad".

No sé muy bien por qué pensamos aquello, pero así lo hicimos todos. Y casi nadie dedicó un momento a informarse. Quienes como yo, lo leíamos, y observábamos los requisitos pensábamos "esto es perder el tiempo, no nos cogen ni de coña". Y más aún con las estadísticas del año pasado... de 1500 escogen a 150... cinco valientes, decidimos luchar contra todo pronóstico e intentar dejar nuestra huella aún más profunda en el colegio. El programa sólo ofrecía 3 plazas... He aquí, la primera PRUEBA.

Y como un pedido entregado, extrañamente, a tiempo, la suerte llama a mi puerta puntual. Por 0.16 décimas, me gano una de esas 3 plazas para optar al maravilloso premio que cada vez veía más lejos... Mandadas las solicitudes, y lanzadas en una botella a la mar nuestras esperanzas, el tema Becas Europa, se aleja, a la deriva de nuestras mentes. Tanto es así que nos coge de sorpresa cuando uno de los 180 escogidos de este año, resultó ser uno de mis compañeros. La alegría invade a todo el colegio, a mi con un condimento de admiración y envidia (sana).

Viendo su alegría y su satisfacción, y viendo que podría haber sido una realidad lo que vimos como un sueño aquel día en el tablón me hundo... La Semana Santa llega y yo no me lo quito de la cabeza...

Este pedido, no lo había encargado, y cuando me llegó, retrasado y de rebote, estuve a punto de besarle los pies al cartero. Como agua de Mayo en pleno Lunes Santo, una llamada telefónica me otorga una plaza en el programa, gracias a la renuncia de algún pobre insensato (lo llega a comprender, y no lo hubiera hecho).

Las estadísticas este año habían subido 180 de 2600 y nuestro colegio, el único de España que enviaba dos candidatos (motivo suficiente para sentirse orgulloso, creo yo). Y la convivencia-entrevista-evaluación, se convierte en el fin de semana más importante de mi vida. Que escribe una de esas páginas de nuestra historia que eriza el cabello cada vez que la volvemos a leer.

Y cuando a todos nos habían dejado con la miel en los labios... Cuando todos volvíamos con el corazón grabado con tinta becaria... la dura realidad y los exámenes apenas nos dejan pararnos a pensar en el fallo final, en el dictamen definitivo...

Y ahora, cuando el trabajo de tantos años se ve recompensado, cuando las gracias de mi corazón podrían llenar miles y miles de páginas, cuando la alegría y el entusiasmo que siento podrían levantar el ánimo de cuantos me rodean, cuando parece que por fin las plegarias vuelan firmes a su destinatario, me faltan palabras para decir que ojalá aún fuera domingo en mi pequeña aldea de 180 personas y que ojalá recorriéramos juntos este premio que todos habríamos de disfrutar.

Gracias de nuevo.

Y gracias a la vida por enseñarme que quien no menosprecia los retos, que quien se aventura a saltar los obstáculos, que quien arriesga, gana. Y en este caso, mucho más que un viaje.


JL

Publicado por Jesús Lleonart a las 23:13 | 2 comentarios (Se abrirán en una ventana emergente)   #
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jueves 17 de mayo de 2007

Can you repeat please? (II)

Ocurra lo que ocurra, aún en el día más borrascoso las horas y el tiempo pasan.

William Shakespeare



Mañana, el principio del fin y el fin de todo. Mañana, se cierra una puerta y ya se oye el abrir de una ventana. Mañana, finaliza una etapa. Mañana, me despido de lo que ha sido mi compañero desde que tengo uso de razón. Mañana, se acaba el colegio, para bien, y para mal.


JL
martes 15 de mayo de 2007

Can you repeat please?

Lo bueno del cine es que durante dos horas los problemas son de otros.

Pedro Ruiz



JL
sábado 12 de mayo de 2007

Regalos

Como cada año, aquella noche me costó muchísimo dormirme. El incesante cosquilleo de mi barriga y la emoción que me embargaba por completo no hacía más que recordarme lo que me iba a encontrar al despertar, con lo que conciliar el sueño se convirtió en mi asignatura pendiente. Bajé incluso, de madrugada, a la cocina, esquivando el salón cuidadosamente cerrado y preparado, para picar algo y así matar el gusanillo. Pensé que un vaso de leche con galletas sería suficiente somnífero para el cuerpecito de casi, me faltaban algunas horas, 15 años que tenía por aquel entonces.

Yo era hijo único y mis padres tenían la costumbre de festejar mi cumpleaños por todo lo alto. Las primeras mañanas de cada 6 de Septiembre las recuerdo con mucho cariño. Al bajar al salón, solía encontrar el regalo que llevaba varios meses insinuando y alguna que otra sorpresa. Luego, por las tardes, con mis amigos solía celebrar aquel día tan especial en una fiesta, de nuevo esmeradamente organizada por mis padres. Como cualquier zagal, corría mis aventuras, hacía mis travesuras y tenía mis berrinches, por lo que me llevaba alguna que otra reprimenda, pero sin embargo, el recuerdo que tengo de mis padres irradia calor, ternura y protección, y el amor que aún siento por ellos es suficiente para comprender la culpabilidad que, hoy aún, alberga mi corazón

Aunque Agosto acabara de dar al mar, las noches seguían siendo calurosas y a mí no se me ocurrió nada mejor que tomarme mi tentempié bajo la fresca luz de la Luna. Obsesionado por mantener la sorpresa, decidí no acceder al jardín trasero por el salón, pues no quería ver lo que allí me aguardaba. Salí por la puerta principal, dejándola entreabierta para poder regresar en cinco minutos y bordeé el chalé . Con una destreza casi arácnida, salté la verja de alambre, que tantos castigos había ocasionado en calurosos veranos en los que la piscina de mis vecinos era la mejor forma de acabar con el calor. Aterricé con mi tetrabrick de leche y mi paquete de galletas en el impecable jardín, al que tantas horas dedicaba mi padre. Me tumbé en una de las hamacas y empecé a dar cuenta de mis provisiones, sin dejar de imaginarme qué había en la oscuridad del salón.

Y así, tumbado con el estómago lleno, de espaldas a un salón cuyas puertas de cristal bien cerradas durante el día me hubiesen permitido vislumbrar mis regalos con facilidad, empecé a organizar el día siguiente. Yo esperaba una bicicleta. Todos mis amigos tenían una desde hacía tiempo y yo había aprendido a montar, algo tarde, gracias a las clases que ellos mismos, entre burlas y risas, me impartían. En cuanto me levantara pensaba salir a dar varias vueltas con ella por el barrio y sin ninguna duda alardear cuanto pudiese delante de mis colegas.

Pensaba ya poner fin a mi arriesgado periplo, pero aquel momento era tan agradable que, como cuando estudiaba, cerré los ojos y seguí (en vez de repasar mentalmente la lección) imaginando las aventuras que me iba a deparar mi nueva bicicleta (teniendo el control de la situación y del sueño, o eso creía yo...)

No sé como no lo hizo antes el Sol, pero, lo que me despertó fue un portazo. Concretamente la puerta principal de mi casa, el fuerte golpe retumbó en toda la casa. Debido a la somnolencia, no le presté mayor importancia y seguí durmiendo.

De nuevo algo perturbó mis soñolientos pedaleos. En este caso, el inconfundible grito de mi madre. Un grito que consiguió transmitir todo el terror que llevaba su voz hasta mis entrañas. Un grito proveniente del piso de arriba, de la habitación de mis padres. Aún hoy no sé que me dio más miedo, si el levantarme y ver que estaba en el jardín, el darme la vuelta y ver que las puertas del salón que me comunicaban con la casa estaban cerradas, o el comprender que el portazo había acabado con cualquier posibilidad de entrar en casa. Me acerqué al cristal y empecé a golpearlo impotentemente, gritando y llorando. Alguien había entrado en mi casa, y era culpa mía.

De nuevo gritos, y de nuevo mi madre. Esta vez parecían los gritos cortos y continuados de alguien que presencia algo desagradable. Inmediatamente dejé de golpear el cristal, con la intención de no delatar mi posición y de agarrarme al único sentido que ahora mismo me podía ayudar: el oído. Oía pisadas. De vez en cuando un golpe, un mueble que se mueve o un cristal romperse. Pude escuchar perfectamente el bajar rápido y huidizo de alguien por las escaleras. El pisar todos los escalones me hizo pensar que era mi madre. En ese momento la esperanza me embriagó por completo e incluso me hizo esbozar una tímida sonrisa, pensando que mi padre podría perfectamente abatir al malhechor. Cuando se oyó la última pisada alcanzando el fin de la escalera, como si del golpe de platillos que pone fin a una composición musical se tratara, oí un disparo y el sonido de un cuerpo que cae pesadamente sobre el suelo.

Todo parecía que iba a quedar en un susto. Empezaba a tranquilizarme y a esperar pacientemente a mis padres, esperanzado y dando gracias a Dios por la suerte que habíamos tenido y pidiéndole perdón innumerables veces por el descuido que casi nos cuesta la vida.

Mientras, el salón seguía totalmente incorrupto. La impecable bicicleta estaba en el centro, entre la chimenea y el sofá, adornada con lazos en los manillares y rodeada de caramelos. De repente, la puerta del salón se abrió, y al ver a mi madre entrar, huyeron de mí todas las dudas, miedos y temores.

Sin embargo, la prisa con la que se dirigía hacia el sonriente chico que desde la ventana ya casi abrazaba a su protectora, y el aterrado y bañado en lágrimas rostro que traía no me hicieron presagiar nada bueno. Cuando estaba a apenas un metro del cristal y de mis brazos y frases de perdón, oí otro disparo. El camisón de mi madre se vio teñido a la altura del pecho de una mancha de color rojo intenso que mostraba el orificio de salida. La bala se estrelló contra el cristal blindado de mi salón a escasos veinte centímetros de mi cabeza y lo resquebrajó por completo. El cuerpo de mi madre se desplomó delante de mí. La alfombra persa que mi padre trajo de uno de sus viajes, y que tan cuidadosamente protegía, estaba al momento llena de sangre; sangre que alcanzaba el vidrio que nos separaba y que ahora mismo no era sino una tela de araña teñida de rojo culpabilidad; sangre, que indirectamente, manchaba mis manos. Los ojos de mi madre no dejaban de mirarme y en su rostro una incesante sonrisa quería insinuarme que todo iba a salir bien. Su mano se acercó hacia el cristal, al igual que la mía. En ese momento hubiera cambiado cualquiera de mis regalos por poder abrir la puerta y secar las lágrimas que caían de sus ojos sin cesar. Seguía sonriendo y "acariciándome" la mano, cuando pude leer en sus labios:

-Felicidades.

En ese momento, cerró los ojos y expiró.

En la puerta del salón, un hombre alto y corpulento, blandía una pistola que aún humeaba y me apuntaba. Hoy ya no alcanzo a describir como era su rostro, pero en aquel momento lo memoricé y juré recordarlo hasta que lo viera suplicar bajo mis pies. Hoy, ya lo he olvidado.

Con una sonrisa burlona decidió perdonarme la vida. Posiblemente, su mayor y único error.

Mientras mi madre yacía muerta delante mía, aquel hombre desvalijaba toda mi casa. Joyas, candelabros y dinero caían sin cesar en su pequeña mochila. Y finalmente, vi como aquel hombre cogía mi bicicleta, que yo esperaba aún poder estrenar y tener para siempre como último recuerdo de mis padres, y salía al porche para darse a la fuga con ella.

Y entonces es cuando me despierto. Justo en este momento. Cuando la puerta de mi casa se cierra con el asesino tras ella.

Aquel día cumplía quince años. Hoy, es la trigésima vez que sueño con aquella mañana. La primera vez, que fue la única en la que volví a ver el rostro del asesino, desperté ahogándome en mis propios llantos. Durante las siguientes, lo hice en un reformatorio de menores, cumpliendo condena por asesinato. Hoy, en mi 45 cumpleaños, me despiertan los gritos de mi hija pequeña, que se sube en la cama y salta sin parar de decir:


-Felicidades.


JL
Publicado por Jesús Lleonart a las 14:12 | 30 comentarios (Se abrirán en una ventana emergente)   #
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lunes 7 de mayo de 2007

Take me back to the start...

Detener el tiempo...

O al menos, frenarlo. Ese ha sido uno de los deseos de los seres humanos desde tiempos inmemorables... Reducir los efectos del paso del tiempo, alejar el final, la muerte, teniendo siempre distancia entre nosotros y ella para mirarla con un guiño de victoria. Guiño que acaba convirtiéndose siempre en lamento.

El tiempo hoy me pide unas líneas, me pide que sea yo el que me detenga a reflexionar... El reloj de arena nunca deja de correr... cada uno de los granos que caen nos indica que queda menos para que se acabe nuestro momento... Y sin embargo él, sigue pasando... Y nosotros no apreciamos como cada vez queda menos arena por caer... lo derrochamos... Nuestra vida está llena de pequeños momentos, detalles (pequeños granitos de arena) que se van sucediendo uno tras otro, de forma que al final cada uno de ellos, su suma, conforman lo que ha sido nuestro paso por este mundo...

Cada momento, cada instante es diferente. Algunos son buenos y otros son malos, algunos los viviríamos una y otra vez... otros los intentamos olvidar desde el momento en que nos cruzamos con ellos... (granitos de arena brillantes, suaves y agradables; otros negro azabache, oscuros y terribles) Gota a gota se hace el río y cada cual es tan determinante como el resto, un detalle puede hacer explotar nuestro tiempo dándolo por finalizado antes de escuchar el pitido final...

Un detalle que puede hacer que, para mal, nunca nos olvidemos de él, y que nuestra única obsesión sea volver al inicio, viajar atrás en el tiempo, darle la vuelta al reloj, volver a empezar para cruzarnos con ese pequeño granito, mirarlo a la cara y superarlo...

Por desgracia, no hemos aprendido a rebobinar la cinta, a cambiar el tiempo, aunque él si sepa cambiarnos a nosotros...

JL
Publicado por Jesús Lleonart a las 21:38 | 9 comentarios (Se abrirán en una ventana emergente)   #
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sábado 5 de mayo de 2007

Capítulo I: Demencia

El invierno de aquel año fue horrible. Las tormentas se sucedían una tras otra de forma que parecía que nunca nos abandonó la primera. Y, precisamente, la de aquella noche fue una de las peores que recuerdo.

Durante el trayecto, conductor y pasajero callábamos como en un velatorio, sobrecogidos, en este caso, por los rayos que iluminaban la ciudad entera y el continuo y agresivo tronar del cielo, a cuyo lado, la violenta masa de agua que golpeaba los cristales del coche no era más que el cantar de un niño pequeño.

El trecho que separaba el taxi de la puerta era salvable en un par de zancadas, pero cuando por fin me refugié en el umbral, bajo el pesado edificio del Hospital Psiquiátrico, estaba calado hasta los huesos.

Al entrar, la sobrecogedora estampa ante la que me encontraba me hizo anhelar la tormenta que allá fuera se gestaba y que, aunque pareciese imposible, empeoraba por momentos. El aire estaba viciado y había un insoportable olor a amoniaco. El suelo muy descuidado estaba levantado por algunos sitios. La habitación estaba torpemente iluminada por dos bombillas colgadas del techo por alambre, una de las cuales parpadeaba dando al lugar un aspecto aún más tétrico. Un sofá viejo frente al mostrador custodiaba la recepción, vacía y con dos únicas posibilidades, la puerta de salida y en el lado opuesto, un pasillo. Dejé mi abrigo, empapado, sobre el asiento. Al soltarlo, una raspada pero firme voz me sorprendió haciéndome tropezar del sobresalto:

-¿Qué desea?- inquirió.

Un hombre anciano, delgado con unos ojos que brillaban en la lúgubre habitación y que contrastaban con su pálido rostro me miraba desde el otro lado del mostrador. Una vez recuperado del susto, me llevé la mano al bolsillo para alcanzarle una de mis tarjetas.

-Buenas noches, mi nombre es Miguel Ángel Freire, investigador privado- dije depositando mi identificación sobre la parte superior del tablero al ver que no mostraba ningún interés en cogerla y que sus penetrantes ojos no dejaban de mirarme y atravesar mi cuerpo llegando incluso a escudriñar mis pensamientos.

Un rayo puso punto y aparte a mis palabras apagando la habitación por completo durante unos segundos. Durante la oscuridad, un grito ahogado en la distancia llegaba desde más allá del pasillo, un grito de agonía y dolor, un lamento de locura que me hacía recordar dónde estaba y a qué había venido. La luz volvió acompañada de un ensordecedor trueno que me hizo ir directamente al grano para salir de allí cuanto antes.

-Me gustaría inspeccionar la habitación del siguiente paciente- continué mientras sacaba la ficha del susodicho y se la acercaba.

Sus finos y alargados dedos la recogieron sin quitarme el ojo de encima, de hecho dedicó sólo un vistazo a identificar la fotografía, volviendo al instante a acecharme con la mirada como si yo fuera su presa indefensa.

-Módulo C, Célula 21A. Desde aquí le abriré la puerta. Por el pasillo-dijo tajante.

Sin deseo de prolongar mi conversación guardé los documentos en mi bolsillo y me dirigí hacia el pasillo. Éste estaba aún más descuidado que la recepción, una bombilla cada cinco metros iluminaba torpemente el angosto corredor dejando en penumbra las zonas intermedias a las que la vieja bombilla no llegaba a alumbrar; el suelo sin pavimentar hacía ver que el hedor a amoniaco que impregnaba todo el interior no era debido a la limpieza; las paredes, sucias y sin pintar en algunos momentos, tenían unos escuetos carteles señalizando el camino. A los pocos metros tuve mi primera disyuntiva. Un cartel rezaba "Módulos A y B" acompañado de una flecha que conducía a los visitantes por otro pasillo a la izquierda; a su lado otro cartel decía "Módulo C: Aislamiento". No sé por qué, pero me lo esperaba. Unas viejas escaleras me conducían al sótano inferior.

Al bajar, una puerta blanca se colocaba ante mí. Desde el primer momento en que pisé aquel "módulo" deseé no haberme metido en esto. Me encontraba al principio de una larguísima y ancha galería. A mis lados, lo que aquel hombre llamó células se prolongaban hasta el final del espacioso corredor. Dichas células no eran más que celdas, no de barrotes de acero, sino totalmente herméticas cerradas por una puerta con un pequeño ventanuco que me dejaba adivinar que las primeras estaban vacías, o así lo creía yo... Dichos compartimentos estaban numerados en la parte superior, con un número acompañado de la letra A en la hilera de la izquierda y la B en la de la de la derecha. Custodiaban mi miedo y angustia las células 1A y 1B. Sobre mí una única pero potente lámpara de bulbos fluorescentes colgaba de un finísimo y aparentemente débil alambre intentando iluminar toda la habitación, pero evidentemente no lo conseguía. Al alejarme de las primeras celdas y de la iluminación de aquellas, hube de echar mano de la linterna, la cual nunca debí encender...

Tras apretar el botón, la luz iluminó todo el pasillo, el cual no era muy profundo. Acto seguido, una especie de murmullo, parecido al de un ratón arrastrándose por una alfombra se extendió por todo el dormitorio. Decenas de pacientes se levantan y comienzan a golpear puertas y ventanillas. Alumbrando algunas puertas pude comprobar como un hombre pálido, bizco, con la cabeza afeitada y sin dejar de moverse me gritaba algo que no alcanzaba a distinguir. Cegado por mi linterna empezó a golpear el cristal con una furia digna de un gorila, provocando la ira de todos sus vecinos. Decidí iluminar el pasillo para ver mi destino y apagar la linterna. Al fondo, una puerta abierta hacia fuera rompía la igual disposición de la galería, a la vez que señalizaba mi destino. Puse fin a esta fiesta de luz y sorpresa para los residentes del manicomio apagando mi linterna. Esperando una reacción parecida por parte de ellos me encaminé hacia la célula 21A. Al principio más de uno de los recluidos continuó gritando y golpeando las puertas.

Para cuando llegué, habiendo tanteado con los brazos más de una vez para no chocarme, pues la galería, subterránea no tenía siquiera claraboyas o respiraderos visibles, sólo mis pisadas y los truenos de la tormenta presidían la habitación, débilmente iluminada desde dentro por una vela encima de una mesa. Tenía una pequeña cama pegada a la pared, la mesa, junto a una silla estaba en el lado opuesto; un retrete y un escueto lavabo completaban el pictórico dormitorio en la esquina más alejada de la puerta. Dentro de los no muy numerosos efectos personales que supuse tendrían permitido poseer, en aquella habitación no había absolutamente nada. Nada. Lo examiné todo cuidadosamente. El colchón, el respiradero, los bajos de la mesa, el envés de la puerta, todo, allí no había nada. Yo cada vez tenía más frío, fuera no dejaba de caer la lluvia y de rugir el cielo. Pensaba en mi abrigo que me esperaba en recepción custodiado por aquel peculiar personaje y en el frío que no debería estar pasando a tan altas horas de la noche. Desistí y salí. En el umbral de la puerta hice un amago de volver a echar otro vistazo pero desistí, expresándolo con un enorme resoplido, que pese a la tenue luz de la vela pude ver como iba dirigido hacia la pequeña ventana de la puerta... En ese momento comprendí lo que nadie más había visto y comprendí por qué no había tenido problemas en llegar aquí pues nada esperaban que encontrase. Exhalé vaho directamente en la pequeña ventana y efectivamente encontré lo que buscaba. Lo memoricé y, tras unas pequeñas anotaciones, emprendí mi viaje de vuelta.

Cuando salí al pasillo vislumbré la lámpara al fondo y me dirigí hacia ella. De repente la sombra se cernió sobre mí. Todo se apagó durante un momento. Acto seguido, un trueno rugió afuera. Sin embargo... allí la luz no volvía. O al menos a aquella galería. Hubo de volver en recepción porque al momento escuché uno de los sonidos a los que ahora he cogido auténtico temor. El metal deslizándose entre los cerrojos dejaba abiertas las puertas de todas las células. Yo, a medio camino, empecé a correr. Mis ahora fuertes pisadas se vieron pronto acompañadas del mismo sonido de antes, cuerpos que se levantan enfurecidos de sus camas, pero que ahora abrían las puertas y se dirigían como locos, nunca mejor dicho, hacia mí. Necesitado de mi linterna, la enciendo rápidamente y sin mirar atrás continuo mi carrera. Pocos metros por detrás, gritos y rápidas pisadas se dirigían hacia la luz como si fueran insectos, con la diferencia de que los bichos ni gritan ni asustan tanto.

Rozándome algún demente con sus dedos y sintiendo la muerte a pocos metros de mí, apagué mi linterna y decidí pegarme a la pared, esperando que la oscuridad me diera el cobijo que mis pesadas piernas no me podían propiciar. Se hizo el silencio. Dejaron de correr y comenzaron a caminar en círculos, confundidos y extrañados, actuando por instinto como auténticos animales. No se oía absolutamente nada, únicamente mi entrecortada respiración (interrumpida en dos ocasiones por algún trueno) la cual intentaba controlar al sentir los pasos de los dementes a pocos metros de mí... Estaba muy cerca de la puerta y tenía que pensar rápido. Un aluvión de ideas vino raudo a mi mente, cada cual más descabellada, exigiendo la mayoría que realizase alguna que otra heroicidad para las que ya no estaba hecho... Mientras, a dos metros, aproximadamente, de mí oí como dos internos tropezaban, cayendo uno de ellos. Silencio de nuevo. Un fuerte golpe me sobrecogió. Posiblemente un puñetazo o algún tipo de golpe, porque acto seguido aquello era un jolgorio de gritos de dolor y furia. La trifulca se extendía rápidamente como la pólvora y acto seguido un gran número de pacientes daban palos de ciego en una habitación totalmente oscura. Adecuados mis ojos a la oscuridad, sólo acertaba a ver brazos moviéndose y cuerpos cayendo, los cuales sentía al temblar el suelo bajo mis pies. Antes de verme afectado, volví a encender la linterna, pero esta vez arrojándola a la boca del lobo, al interior de la galería. Logrando el efecto deseado, corriendo todos los dementes hacia la luz que se pierde en el fondo, me apresuré hacia la puerta y corrí escaleras arriba hasta el pasillo.

Arriba, todo está apagado, y al llegar corriendo a la recepción no había nadie. Me apresuro hacia la puerta, y cuando estoy a menos de un palmo del pomo, a menos de un palmo de la salvación, a menos de un palmo de dejar aquel terrorífico lugar para siempre, victorioso con lo que vine a buscar, dos pasos detrás mía delatan a mi enemigo, el cual en su ventajosa posición me propina un fuerte golpe en la cabeza. Cayendo al suelo, cierro los ojos desmayado y, por fin, descanso. En mis sueños, al menos estaba seguro...

Aún hoy no sé como salí vivo de allí, ni como superé todo lo que vino después, pero todas las historias tienen un principio, y ésta, es la mía:

No, no me llamo Miguel Ángel Freire, y no, tampoco soy detective privado...


JL

He aquí mi primer relato, podría ser el primer capítulo de algo más grande o simplemente lo que es hasta ahora, un relato, eso dependerá de la crítica.
Tengan en cuenta que es mi primera experiencia con este género y que he intentado no entrar mucho en detalles para hacer más llevadero, y más corto, el texto. Opinen, por favor.
Publicado por Jesús Lleonart a las 14:18 | 15 comentarios (Se abrirán en una ventana emergente)   #
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martes 1 de mayo de 2007

Hug me


Todos, a veces, necesitamos uno.

Un abrazo que nos calme, o bien uno que nos ame. Un abrazo que nos transmita confianza o bien uno que dé calor a nuestro frío corazón. Un abrazo que nos proteja y defienda de todos los males sobre los que se ha versado, o bien uno que nos haga sentir tan seguros que, en ese momento, nada más importe, pues nada te puede dañar. Un abrazo de esos que resucitan recuerdos enterrados por el tiempo o bien un abrazo que sepulte esos recuerdos que el tiempo no quiere olvidar aún. Un abrazo que borre las lágrimas de quien lo recibe o un abrazo en el que el llanto sea el principal testigo del amor.

Un abrazo de esos que llenan vacíos, de esos que disipan tempestades y borran la amarga tinta que firma en nuestro corazón.

Un abrazo sincero, de esos que se dan con el alma, de esos que funden dos personas en una, de esos que lo dicen todo sin decir nada...

Todos, a veces, necesitamos uno.

Necesitamos que nos recuerden que no estamos solos, necesitamos que nos transmitan las fuerzas que nos faltan, que nos sequen las lágrimas que humedecen nuestras ropas y nuestros corazones, que nos insufle ese soplo de vida que revive nuestro cuerpo y que nos despierta de la tristeza, que haceresucitar nuestro espíritu del sueño en el que se encontraba...

Un hecho tan simple, tan grande a la vez, tan mágico, capaz de inspirar infinitas páginas de nuestra vida, capaz de marcar un antes y un después capaz de desatar los más íntimos sentimientos...

Tan simple como extender los brazos, abriendo las puertas de tu corazón, unirte a alguien, fundiendo dos almas en una, y rodear con tus extremidades aquello que en ese momento no cambias por nada, proteger y custodiar aquello que amas, compartir tu ser.

Muchas veces es el mejor regalo, otras muchas es el gesto más sincero, o a veces, sólo es un detalle. Pero sólo cuando la distancia separa lo que ni Dios puede unir, nos damos cuenta de que ojalá, aquel abrazo tan cálido, tan personal, tan mágico y tan especial, nunca hubiera terminado y ojalá hubiera dejado en mi corazón algo más que el deseo de volver a fundir nuestros brazos en un interminable abrazo.

JL


Publicado por Jesús Lleonart a las 22:00 | 10 comentarios (Se abrirán en una ventana emergente)   #
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Remember

Cuando tenemos un mal día, cuando todo nos sale mal, cuando parece que a tu alrededor todo se derrumba, que todo lo que ayer era sólido e inquebrantable hoy se tambalea y cae por su propio peso, cuando ni siquiera reconocemos el triste rostro que nos mira, con lágrimas en los ojos desde el espejo... cuando aprendemos que el dolor de corazón es el peor de todos los males, cuando reconocemos que nuestra sangre está surcada de tristeza y melancolía... es en ese momento, en el que temblamos y nos caemos creyendo que estamos absolutamente solos en un mundo en el que nadie nos comprende, cuando necesitamos a alguien.

Pero no hay nadie...



Un día recibí un e-mail, que para bien o para mal, no pienso olvidar en mucho tiempo, eran once frases sencillas, con mucho que decir y con mucho que demostrar, once frases, que yo personalmente, colgaría en ese espejo en el que hoy no te reconoces para leerlo cada uno de los días de mi vida:

Existen por lo menos dos personas en este mundo que morirían por ti.
Por lo menos 15 personas en este mundo te quieren de alguna forma.
El único motivo por el cual alguien te podría odiar es porque quieren ser como tú.
Una sonrisa tuya puede traerle alegría a cualquiera, a pesar de que no les caigas bien.
Cada noche, ALGUIEN piensa en ti antes de dormirse.
Eres todo para alguien.
Eres especial y únic@.
Alguien que ni siquiera sabes que existe, te quiere.
Cuando cometas el peor error del mundo, algo bueno viene de ello.
Cuando pienses que el mundo te ha dado la espalda, fíjate con atención.
Siempre recuerda los halagos recibidos. Olvídate de los malos

Y ahora, que tire la primera piedra quien no se sienta identificado. Que de un paso al frente quien cada noche no se mire al espejo pensando en esa persona tan especial, preguntándose "¿se estará acordando de mí también?". De la misma forma que tardamos horas en conciliar el sueño porque no hay quien borre de nuestra mente ese perfume especial, aquella sonrisa perfecta, esos ojos preciosos o aquel detalle del pasado que aparecen en nuestros mejores sueños y que viven cada día en nuestro pensar.

Nadie está solo en este mundo, únicamente quien aprecia la compañía de la soledad.

Para el resto, para todos los que miramos al horizonte pensando en quién estará pensando en nosotros, para todos los que derramamos nuestras lágrimas por quien en la distancia nos mira y nos abraza, para todos los que añoran la compañía que siempre tuvieron y que ahora no es más que un cálido y agradable recuerdo, para todos los que ven cerrarse una puerta, anhelando escuchar el abrirse de una ventana, para todos los que no oyen más que el palpitar de su propio corazón y no encuentran más calor que el de sus propios brazos, para todos ellos... yo tiendo una mano, un abrazo, un beso, una palabra, que en boca de José A. Goytisolo dice...

Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

Nada se marchita ni perece, nada se desvanece o desaparece, nada huye o te esquiva, nada te deja sol@, NADA. Nada muere si permanece en el recuerdo.

Y en mi memoria y mis pensamientos, he anotado la dirección de vuestros corazones.


JL



Publicado por Jesús Lleonart a las 13:30 | 7 comentarios (Se abrirán en una ventana emergente)   #
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