viernes 31 de octubre de 2008

Guardián

Los primeros días nos costó acostumbrarnos a él. Sobre todo a mi madre, que tenía cierta repulsión hacia todo tipo de mascotas. A mi hermano pequeño y a mí, sin embargo, nos pareció interesante. La solitaria anciana que nos vendió la casa nos advirtió de que aquel gato no se iría jamás, que había estado allí desde que ella llegó, casi cuarenta años atrás. Incluso nos comentó que le debía la vida, pues sin él, decía, "nunca habría podido superar lo de mi hijo ¿sabe usted? que se despertó muerto una mañana de Noviembre... aunque bueno, uno muerto no se puede despertar nunca, ¿comprende?" Evidentemente, la pobre señora apenas distinguía el jardín de la moqueta del salón, por lo que la idea de un gato inmortal no nos pareció factible a ninguno. Quizás existió un primer animal que llegó poco después de la muerte de aquel niño, y la pobre señora se encariñó tanto que los que la querían pensaron que jamás podría sobrellevar otra pérdida, y el felino en realidad no era más que varios animales similares.

En cualquier caso, el animal no resultaba ni mucho menos una molestia. Decidimos llamarlo Guardián, tanto por la fama que supuestamente le halagaba como por el color negro intenso de su pelo y por la penetrante mirada con la que parecía que protegía lo que era su hogar. Normalmente estaba más oculto que a la vista. Conocía todos los resquicios del edificio, se perdía por el desván entre viejos trastos de los antiguos dueños, salía y entraba de la casa por huecos que ni sabíamos que existían, deambulaba por los pasillos y nos miraba como si aquel lugar fuera suyo y nosotros sólo extraños. Aparecía puntualmente delante de su plato de comida y sus necesidades las hacía fuera incluso del jardín, que mi padre se esmeró en cuidar desde el primer día que nos mudamos allí. Pronto desarrolló una especial fijación conmigo y con mi habitación. Había días que reposaba sobre el alféizar de la ventana dedicándose a ver caer las primeras lluvias del otoño. También solía dormir en un rincón de mi cuarto, aunque nosotros le acondicionáramos otro lugar en el piso de abajo o en la cocina, hasta que al final no nos quedó más remedio que habilitar su esquina con un mullido almohadón. En realidad no era un gato arisco, en los tres escasos meses que llevábamos, no recibimos queja alguna por parte de ningún vecino y hasta mi madre acabó encariñándose con él.

Sin embargo aquella mañana lo encontramos irritable, tanto que hasta parecía resultar peligroso. En cuanto dio cuenta de su bol matutino, desapareció por uno de sus escondrijos y no volvimos a verle en todo el día. Fue la mañana del 31 de Octubre, apenas notamos su ausencia. Adelantaron la festividad del 1 de Noviembre por lo que mi hermano y yo no tuvimos colegio. También era nuestro primer Halloween en aquel barrio, aunque si bien era cierto que no lo habíamos celebrado nunca, nuestros vecinos nos avisaron de que tuviéramos preparados algunos caramelos. No fue más que un día de vacaciones, salimos a comer fuera porque mis padres tampoco trabajaban, compramos algunas chucherías y durante las primeras horas de la noche atendimos gustosamente a los niños disfrazados que gritaban descompasadamente aquello de Truco o trato. Poco más, nos fuimos todos pronto a dormir.

Entonces abrí los ojos. Inmóvil. No sentía calor ni frío, ni siquiera el peso de las mantas sobre mí o el colchón bajo mi espalda. Me levanté, y al hacerlo me di cuenta de que mi cuerpo no me seguía. Me giré y me vi a mí mismo durmiendo sobre la cama. Alargué una mano hacia mi propio rostro y entonces contemplé que ésta era pálida, borrosa, etérea, apenas la distinguía del resto de la habitación en penumbra. Salí al pasillo y vi como una luz se encendía en la habitación contigua. Mi hermano salió de ella cabizbajo, arrastrando pesadamente los pies. Se dirigía hacia mí. Cuando me atravesó sentí como si una ráfaga de viento chocara conmigo y me arrebatara algo de mi interior. Él ni siquiera me vio. Mi hermano cerró la puerta del baño tras de sí. Se oyó un ruido de cristales rotos, se había caído algo. Demasiado tarde para recoger nada, debió pensar, porque abrió la puerta y volvió a su cama, aunque esta vez decidí apartarme de su camino. No podía creerlo, había oído hablar de viajes australes pero jamás pensé que pudiera ocurrirme a mí. Bajé a la cocina y comprobé que todo estaba tal y como lo habíamos dejado: los platos en la pila, la basura rebosando hasta el límite y la ventana abierta de par en par, dejando entrar en la casa una brizna de aire fresco que yo no sentía. Mientras volvía a subir decidí que lo mejor sería tumbarme sobre mi propio cuerpo e intentar dormirme. Se oyó fuera un trueno, había empezado a llover. Al llegar a mi cuarto, Guardián estaba sentado en el umbral de la puerta. Daba igual, pensé. Sin embargo algo raro había en él. Me estaba observando. Sus ojos amarillos me contemplaban fijamente, si me movía, ellos me seguían. Se clavaban sobre mi cuerpo vaporoso como frías dagas sobre la carne, tanto que me dejaron inmóvil, frente a él, que me observaba, que me atravesaba con la mirada. Esta vez un rayo iluminó la estancia. La luz del rayo creó una imagen al lado de aquel animal, la de un joven de mi edad, alto y vigoroso, sonriente, parecía feliz. Tenía los cabellos rubios y largos, plagados de tirabuzones, tal y como la vieja señora que antes vivió aquí nos juró y perjuró que los tuvo un día, tan brillantes y rizados como los que tenía su hijo. Aquel joven me miró fijamente a los ojos antes de desvanecerse en la oscuridad con el estruendo del trueno.


Fue entonces cuando Guardián afiló sus ojos y se dio la vuelta. Entró en la habitación y se posó sobre mi yo durmiente, cerró los ojos un instante y volvió a su almohadón, donde se recostó. De nuevo un rayo. El joven rubio volvió a aparecer frente a mí, encima del gato, pero esta vez no desapareció con el trueno. Su figura era como la mía, apenas visible. Se acercaba, era sólo unos centímetros más alto que yo. Me sonrío. Puso una mano sobre mi rostro y al hacerlo sentí un escalofrío que recorrió todos los resquicios de mi cuerpo, un cuerpo que no tenía. Entonces miró hacia arriba y sonrió. Se desvaneció como cuando el viento hace volar las cenizas del fuego, se perdió en la estancia como el humo de una chimenea en la noche. Entonces cerré los ojos.

Me despertaron a la mañana siguiente los reproches de una mujer. "¡Un vaso roto!" Y después gritos. Un joven pálido encima de la cama, una madre que solloza. No hay respuesta. Gritos y más gritos, llantos. Carreras, pasos acelerados, un niño pequeño con mirada triste y con el labio inferior temblando, apunto de romper a llorar. Lágrimas. Un padre en silencio. La mujer seguía lloraba desconsoladamente, recostada sobre el joven, golpeando el pecho con sus puños. Una enorme tristeza me invadió. Intenté consolarla, pero al levantarme y hablar sólo pude mascullar un inaudible maullido.




JL
Publicado por Jesús Lleonart a las 21:55 |  
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