martes 21 de octubre de 2008

Volando hacia Nunca Jamás

Nadie dijo que esto fuera fácil. Nadie nos tomó de la mano, nos acarició y sonrió prometiendo que así fuera. Y lo que es peor, ni siquiera nos lo advirtieron.

Peter Pan puso las manos sobre la cintura y con sus inocentes ojos miró a Wendy por última vez antes de echar a volar. No le hizo falta polvo de hadas o un recuerdo feliz para ascender, porque ella era todo cuanto quería. Y entonces voló directo hacia el país de Nunca Jamás, la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer, dejando a Wendy atrás, en una tierra donde los nuncas y los jamases son las brujas de nuestros cuentos de hadas.
Todos somos Wendy. Todos desearíamos poner los brazos en jarras y volar hasta el fin del mundo siguiendo a Peter hasta los límites de nuestra imaginación y nuestros sueños. Pero la sombra de nuestro Peter estará para siempre dentro del cajón. En el fondo, no somos tan distintos de aquella niña que rompió a llorar durante años en la ventana buscando un destello en la noche. No somos tan distintos de quien no tenía más remedio que crecer.


A Wendy sí la cogieron de la mano, la acariciaron y la miraron directamente a los ojos con una sonrisa. A ella si le dijeron que esto podría ser tan fácil como cuanto ella se atreviera a soñar. Y pudo ver lo que le esperaba,, la felicidad que le dieron a Peter y que él le ofrecía: las enormes maravillas del universo descubiertas ante ella, iluminándole los ojos y el corazón hasta el fin de sus días sin fin, los más hermosos tesoros de esta tierra, la inocencia infinita de la niñez que no quería perder, el eterno amanecer que no tenía porque terminar nunca jamás… Pero dijo que no.

¿Qué puede haber mejor que todo esto? ¿Qué puede llevar a alguien a rechazar esta oferta? ¿Existe acaso algo que se le escapaba a Peter? ¿Algo que él no conocía? ¿Algo que merecía la pena elegir, aunque ello nos hiciera renunciar a tantas cosas? Claro que sí, el amor.

Cuando Wendy vio a Peter por primera vez no le pidió volar, ni tesoros, ni aventuras, le pidió un beso. Algo que él no supo darle, algo que sólo conoció cuando ella renunció a él, cuando la perdió para siempre, algo que jamás tuvo y nunca tendrá, una felicidad que no se obtiene sin más, sino que se conquista. Fue su última noche como niña.

Esa misma tarde, se miró sorprendida en el espejo, se llevó una mano a la boca y rozó sus labios con la yema de los dedos. Entonces, sintió que algo le faltaba, algo que ninguna historia de piratas podía darle. Se convirtió en una mujer. Lo hizo al guardar aquella sombra bajo llave en el cajón, al elegir buscar más allá de aquella estrella aquello que sentía que no tenía y que tanto deseaba: el amor. Un amor que Peter jamás encontraría por muy lejos que volara.

Todos somos Wendy. Hubo un día en el que encerramos al niño perdido que llevamos dentro en lo más profundo de nuestro corazón, en que nos miramos al espejo, nos llevamos una temblorosa mano a la comisura de los labios y nos preguntamos “¿Dónde estará?”. Y si del niño que conoció a Peter algo nos queda es sin duda el polvo de hadas que nos enseña a jamás renunciar a aquello que anhelamos, a encontrar lo que no tenemos pero que deseamos con todo nuestro corazón. No renunciar, aunque ello nos lleve toda nuestra vida.


Por eso, si algún día volvemos a sentarnos en la ventana buscando una estrella que parpadee, si algún día la vida nos da la espalda y hace añicos todas nuestras ilusiones, abrimos el cajón en el que vive el recuerdo de aquel niño que fuimos (y que en realidad siempre seremos) para empaparnos del polvo de hadas que es capaz de llevarnos volando a cualquier parte. Cuando la vida nos dé motivos para olvidar, nosotros olvidaremos todos los motivos que nos impiden sonreír por las mañanas, cuando la vida nos pida bajar el telón, nosotros lo haremos sobre todas las barreras que nos impidan avanzar. Porque, a diferencia de Peter, nuestra felicidad va más allá del amanecer, tanto como nosotros nos atrevamos a hacerla volar.

La mala estrella de Peter Pan es saber que su felicidad no tiene límites, ni principio, ni fin. Está condenado a ser feliz para siempre. Pero Wendy no, y nosotros tampoco. Nuestro viaje es un continuo sufrir que da sentido a los momentos de felicidad. Como nosotros no volamos, apreciamos mucho más los momentos que son capaces de hacernos flotar en el aire.

Reír mañana de lo que hoy nos aflige es como llenar nuestros pulmones de aire al salir del agua. Nunca volaremos tan lejos como Peter ni seremos tan felices como él, puede que nunca volvamos a verle cruzar el cielo o que jamás vuelva a parpadear una estrella en el firmamento para nosotros. Pero siempre volveremos a la ventana y recordaremos de cuando se fue volando su sonrisa picarona. Porque eso fue lo que eligió Wendy: esconder en un cajón todas las sombras de esta vida, todos los momentos que nos han hecho sufrir y llorar como a niños pequeños y convertir los momentos de felicidad en un polvo de hadas capaz de llevarnos a cualquier lugar. Sólo nosotros podemos volar con la felicidad tan lejos como podamos, porque la felicidad sólo alcanza a los que la buscan. Sólo nosotros podemos llegar hasta el final, darnos la vuelta y mirar atrás esbozando una sonrisa mucho más picarona que la de aquel eterno niño volador; porque cuando todo esto se acabe, no recordaremos las veces que nos caímos (aunque sepamos que siguen ahí) sino sólo los momentos en los que creímos que podíamos volar de verdad.

Y a eso fue a lo que Peter Pan renunció.

JL
Publicado por Jesús Lleonart a las 23:26 |  
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