Abrazar los extremos ha quedado demostrado en nuestra Historia que no ha sido nunca buena idea. Mi opinión no está enteramente labrada, pero a petición popular voy a intentar construirla aquí y ahora (en primicia).
La Iglesia, es una institución dirigida por seres humanos, y como el último hombre perfecto conocido murió, según mi religión, en el año 33 d.C. hemos de suponer que ninguno de los que quedamos en la Tierra, y por consiguiente, ninguno de los que opinamos, debatimos, afirmamos, refutamos y escribimos sobre el aborto somos perfectos. De hecho, la Iglesia, durante los largos veinte siglos de su historia sobre el aborto ha tenido dispares opiniones. El propio Santo Tomás (peso pesado, para quienes no estén puestos en el tema), defendía la tesis de la
"animación cerebral", es decir la vida se crea cuando nace la actividad cerebral. Hoy en día sin embargo, en el seno eclesiástico prima la arriba mencionada tesis de la
"animación inmediata". Pero, al no ser nuestro Estado un estado
fundamentalista (donde los preceptos religiosos son preceptos legales), la religión sólo reina en el fuero interno del creyente. O sea, por aquí el aborto no tiene resquicio alguno por el que entrar.

Sí lo tiene en la ley, en tres casos perfectamente lógicos. Si el embarazo es fruto de una violación, si se presume que el feto va a nacer con graves taras físicas o psíquicas, y cuando se pone en peligro la integridad física o psíquica de la madre.
Nadie discute ninguno de los tres. El enorme paso que supone la voluntad de traer al mundo un hijo, requiere en los padres del mismo, la responsabilidad y madurez necesaria para ser capaz de darle una vida digna. Tres ingredientes importantes:
voluntad,
responsabilidad, y
dignidad para el feto. Cuando un
hideputa decide pasar una noche por todo lo alto, arrincona a una indefensa mujer en una esquina y deja su semilla en su vientre, es evidente que voluntad precisamente, no hay. De hecho existe una flagrante restricción de la libertad. La dignidad del bebé, también se pone en duda cuando tan grandes son las taras que desarrolla durante la gestación que su vida se aventura, no difícil ni corta, sino imposible. En el tercer supuesto, entran en juego las tres, pues ante la duda de considerar al feto un ser humano, nos agarramos a que su madre, efectivamente lo es, y su vida, en esa controversia, en ese ultimátum que la vida te brinda (tu hijo o tú), vale demasiado. Todo embarazo en el que estos tres ingredientes rebosan, es idóneo para traer al mundo a un pequeñín. El debate nace, cuando éstos no aparecen.
En definitiva, el aborto parece que no debería presentar mayor polémica. No obstante, ésta vuelve a aparecer en torno a varias recriminaciones. En primer lugar, un sector de la sociedad española defiende la necesidad de introducir en el Código Penal un cuarto supuesto, algo que han querido llamar
"aborto socioeconómico". A través de él pretenden despenalizar el aborto para los casos en los que las familias no tengan el nivel económico suficiente para mantener a su hijo. Si algún día esto llegara a aprobarse, prometo hacerme
nepalí y renegar de este país y de sus gobernantes. Semejante extravagancia sólo puede tener cabida en una mente atrofiada y marchita. En segundo lugar, y a través de un pequeño orificio, se busca la entrada al cajón de sastre a través de la "integridad psíquica". Escudándose en que un embarazo puede suponer un trastorno psíquico considerable para la embarazada (dadas las altas horas a las que hay que dar biberones, las molestas visitas periódicas al pediatra o el gran desconocimiento en marcas de
carritos de bebé de los progenitores) hay quienes pretenden poner fin a la vida de su hijo por la vía legal. Vergüenza. Tan sólo de oírlo, me da vergüenza ajena, tanto que ni se me ocurre una frase ingeniosa con la que criticarlo.
Desmenuzados estos aspectos, el aborto ha de analizarse en su vertiente más cotidiana. ¿Cuáles son los motivos que llevan a una pareja a buscar el fin del embarazo? El mayor de todos ellos, el que más casos genera y mayor polémica
suscita es el de los embarazos no deseados. Preservativos rotos o, directamente ausencia de ellos, noches sin freno ni control y demás... barbaridades. Dos de los mencionados ingredientes de todo embarazo idóneo brillan por su ausencia: ni responsabilidad, ni voluntad. Primero, no hay voluntad por parte de los progenitores por crear vida (ni la hay antes de, ni después; la voluntad sobrevenida es igualmente válida) y segundo, tampoco existe la intención de asumir la responsabilidad de criar un niño. Puede que la dignidad para el feto esté más que garantizada, pero queremos el pleno, no el premio de consolación. ¿Qué hacemos? ¿Traemos al mundo a un niño que no queríamos? ¿Cortamos está situación de raíz (que injusta es esta expresión aquí)? ¿Le ofrecemos en otros padres la dignidad que se merece y que no podemos garantizarle? En estos casos, el aborto me parece una ABERRACIÓN. Un acto inhumano, cruel y desmedido. ¿Quién hace de abogado de ese pequeño que no tiene culpa en la pena de muerte que se le va a dar?A
apechugar; si después de llevar al niño nueve meses en tu interior, crees que no le vas a poder querer porque no lo deseabas, la adopción es un recurso muy digno y muy agradecido hoy en día. Pero no dejes que tan maravillosa gota de luz en el universo como es la vida se apague a costa de tus necios errores.

Creo que es necesario señalar varios aspectos que
flojean en los
supuestos de hecho del aborto no punible. Todos sabemos, que la ciencia es exacta, pero que el hombre no lo es. Las apreciaciones médicas no suelen ser irrefutables y los diagnósticos no siempre son acertados. El llamado aborto terapéutico, en el que verdaderamente la salud, la vida de la madre se encuentra amenazada, considero que ha de ser una opción absolutamente subsidiaria, secundaria, el último recurso. No debe ser nunca la primera opción, pues los intereses del
nasciturus han de ser preservados, porque si hasta el diablo tiene abogado, un pequeñín así, debería tenerlo también. No obstante, me está vetado opinar en este tema. Como hombre que soy, nunca veré amenazada mi vida por un embarazo, nunca de viva piel sabré qué se siente al llevar nueve meses en mi interior a un sangre de mi sangre, no
sabré tampoco nunca hasta qué punto puede una mujer dar su vida por la de su hijo, ni cuánto es el amor que se puede sentir por algo que sólo responde con
pataditas, y que por supuesto si amenaza tu vida, no lo hace intencionadamente. Aquí no puedo opinar.
Cuando he dicho que mi opinión no está enteramente labrada, lo decía por el punto al que acabo de llegar. En principio, estoy en contra del aborto, y como regla de oro defiendo que hay que preservar el derecho a la vida de todos y cada uno de los seres humanos, ya sean hombres, mujeres, o vayan a
serlo dentro de nueve meses. Por supuesto que podemos criticar a quien pide el aborto por un preservativo roto, a quien alega no estar preparado para ser padre o a cualquier otro descerebrado que recrimine algo semejante. Pero no sé que decir, cuando una niña de once años, ve violada la mayor de sus intimidades, por un padre que nunca debió obtener tal título, por un delincuente enfermo y sin humanidad o por vaya usted a saber quién. Ni voluntad, ni responsabilidad, ni dignidad para el feto ni leches. Un centro comercial, una pequeña que se despista en una tienda de juguetes, un secuestro, una madre gritando, una niña desaparecida, dos semanas de angustia, un fajo en un descampado, apenas respira, brutalmente violada, agarrada a la vida por un hilo tan fino que respirar a su lado podría romperlo, y embarazada. Por encima de todo valor, creencia u opinión, ha de estar la humanidad y considero que negarle a esa niña el aborto sería inhumano. Ese niño, posiblemente nunca llegaría a nacer, pues antes acabaría con la vida de su madre. No hay dignidad, no hay apenas vida. Da igual que tenga once, diez o
diecisiete. Esta habría de ser la excepción que confirmase la regla. Asunto resuelto, se podría pensar. No, para nada. Es cierto que hay una violación, es cierto que hay un acto animal, cruel e inhumano, pero... el fruto de ese acto es algo totalmente humano, bondadoso y hermoso, un bebé. Claro que es cierto que la mitad de ese pequeñín pertenecerá a un
episodio que no debería darse nunca, que también es verdad que no podemos dejar que una panda de violadores nos amedrente de semejante forma y vaya dejando tales semillas por el mundo... pero ¿y ese pequeñín? la mitad de él se parecerá a ti, a su madre, una madre que tiene en la mano la ocasión perfecta para
brindarle la oportunidad de vivir dignamente, oportunidad que a lo mejor su
desgraciadísimo padre no tuvo; él no tiene la culpa de nada de lo que ha ocurrido, ¿quién va a defenderle a él cuando le den muerte? ¿quién va a llenar su corazón de dolor al oír su grito silencioso de agonía?. De nuevo, como hombre, no puedo opinar aquí.
Todos los que estamos aquí, fuimos los primeros alguna vez. Ganamos una carrera que nos brindó la oportunidad de entrar a formar parte de algo tan maravilloso como es la vida, y eso fue lo más difícil. Fuimos elegidos entre muchos para dejar en este mundo nuestra huella, más profundas algunas que otras, grandes, anchas, pequeñas o menudas, todos pasamos por el mundo a nuestra manera, pero lo hacemos. De los que estamos aquí, a ninguno nos haría gracia que se pusiera en duda esa oportunidad; que hace años, alguien pensara en cortarnos las alas, cuando no habíamos aprendido a volar todavía, que nadie saliera en nuestra defensa, porque nadie sabía que íbamos nosotros a dar al mundo. La vida es el mayor presente que jamás nadie recibirá, por eso perderla no tiene remedio. Es un bien que hay que preservar y cuidar desde el momento en que se crea, desde la primera sonrisa, la primera bocanada de aire o el primer latido de corazón. Es un regalo que no se puede menospreciar y que hay que exprimir con todo el corazón; y una de las mejores formas de hacerlo es vivir hacia los demás. Al final, todo se resume a una pregunta:
Si yo estoy aquí, si yo respiro, lloro, salto, grito, disfruto, amo, sonrío... si yo vivo, ¿quién soy yo para impedirte a ti que hagas lo mismo?Nadie.
El hombre, crece, aprende, madura, sueña, elige, se equivoca, rectifica, reconoce, asume, y comprende. Recorre un largo camino hacia la completa verdad, sin embargo nunca la alcanza porque la sabiduría es una de las pocas cosas que
vive en un eterno estado de gestación.