Queridos hijos:
No quiero para vosotros una vida llena de mañanas como las que hemos compartido, amaneceres de contemplar el horizonte con ojos soñadores, volando más allá de estas tierras hacia un lugar donde vivir no sea una mentira.
Recuerdo que, en mi niñez, me nutría todas las mañanas de los viejos cuentos de mi padre, el hombre que me enseñó que los sueños, si se quieren de verdad, se pueden cumplir y que no hay que tener miedo a no ser nosotros quienes los veamos realizarse sino todos aquellos que vengan detrás, como vosotros, hijos míos. Todas las mañanas, antes de empezar a cargar mis hombros con las primeras cántaras de agua, me gustaba aliviarle su tarea acompañándole en cada uno de sus pasos, escuchando todas sus historias y sonriéndole cada vez que me miraba. La sintonía, siempre era la misma: "Hijo, más allá de estas montañas y los vastos desiertos que hay tras ellas, más allá incluso del mar que tanto desearía conocer, existen tierras que bien podrían llamarse paraísos y allí sus habitantes bien podrían pasar por reyes. Hijo, yo he luchado cada día por lograr un billete hacia aquellos jardines del Edén, como mi padre soñó para él y para mí. E igual que él, yo también he fracasado; así que escúchame bien y prométeme que harás todo lo que puedas por alcanzar ese mundo que tanto nos pertenece a nosotros como a ellos y que si no lo consigues, algún día te agacharás como yo ahora me agacho y a tus hijos les harás prometer esto mismo que ahora te pido." "Te lo prometo, papá." Siempre contestaba lo mismo. Sin embargo, no fui consciente de lo que significaba aquella promesa hasta que murió, cuando yo acababa de cumplir trece años.
Sobrevivir no fue difícil. En África, hijos míos, nació el ser humano y sobrevivió cuando todo indicaba lo contrario. Nosotros hemos heredado esa virtud. Somos hombres del Chad, cuna del ser humano, aunque no lo parezca. Lo costoso fue conciliar el sueño por la noche. Cuando todo te da la espalda, te das cuenta de que la vida es una manta corta que siempre te deja los pies fríos. Te deja descontento, no es justa, no responde a ningún patrón de comportamiento; pero, al menos, está ahí abrigándote y siguiendo tu compás al respirar. En aquel momento, yo estaba seguro de que el Sol iba a salir a la mañana siguiente, pero no las tenía todas conmigo cuando me preguntaba si yo estaría ahí para verlo. Pero eso no me inquietaba. Independientemente de lo inhóspito que fuera el lugar en el que reposara, daba vueltas y más vueltas pensando en la promesa que le hice a mi padre. Me reconcomía por dentro pensar, más incluso de lo que me corroía el hambre, que los viejos sueños de mi padre me pertenecían ahora y así también la responsabilidad de llevarlos a cabo. Me asaltaba en sueños la imagen de mi padre muerto y sus sueños rotos pasando a mí. Pero el peor golpe, era la posibilidad de que yo alguna vez os pasara a vosotros, aunque no os conocía, unos sueños tan destrozados como los que recibí.
Pese a todo, la vida me dedicó una amplia sonrisa cuando más lo necesitaba. Paso a paso, fui forjando esta pequeña porción de humanidad que poseo ahora. Vino vuestra madre, vinisteis vosotros, aunque ella se fue al traeros. Mis dos gotas de agua, mis gemelos, mis bendiciones, mis reyes, mis hijos, mi vida. Poco a poco fui comprobando como con sudor y esfuerzo logré tener una vida muy parecida a la que mi padre compartía conmigo cuando yo tenía vuestra edad. Me habéis acompañado muchas mañanas por los senderos de mis obligaciones, aliviando la carga de la vida. Os he guiado por los senderos de los sueños que he cruzado y os he hecho prometer lo mismo que yo juré a mi padre, a África y a mí mismo cuando, como vosotros, respondía "Te lo prometo, papá".
Sin embargo, Dios quiso que en mí hubiera algo diferente. No me bendijo con un hijo, sino con dos. Quiso que yo tuviera una vida parecida y diferente a la vez. Quiso que me movieran los mismos sueños e ideales pero quiso también que no todo acabara igual.
Sois algo más jóvenes de lo que lo era yo cuando perdí a mi padre, pero sé que sobreviviréis. Recordad siempre de dónde venís y quiénes sois. Tened siempre presente aquello que me prometisteis. Además os digo, hijos míos, dormid tranquilos porque no pienso dejaros mis sueños hechos pedazos.
Toda mi vida he estado ahorrando para estos tres billetes hacia el paraíso. Sé que la embarcación no parece segura y que los tripulantes no parecen amigables. Pero no os confundáis, ellos luchan por el mismo sueño que vosotros. Estamos navegando hacia un país llamado España. Si llegáis huérfanos, las leyes de aquel paraíso os darán una nacionalidad, un hogar y nuevos sueños que proteger. No temáis por mí si al despertar no me veis. Yo me habré fundido con el mar y seré para siempre el brillo del Sol que en él se refleja. Un brillo que os protegerá durante toda vuestra vida.
Gracias, hijos míos, de todo corazón, por cumplir los sueños que me han aliviado la carga del vivir desde siempre.
Os quiere,
vuestro padre.

JL