Hoy el viento despierta en la mente viejos recuerdos, trae historias pasadas. También lo hacen las nubes, cargadas de tintes otoñales. Me producen una agradable sensación de sosiego, como la del olor que desprende el horno al rescatar una antigua receta del baúl, la sorpresa de la lluvia en una noche veraniega o el placer de recordar con exactitud los viejos resquicios de un sueño difuminado.
Muchos han descubierto las enormes similitudes que existen entre la vida y el río. Su nacimiento, sin hacer apenas ruido en los más remotos parajes, su crecimiento, sus meandros, sus giros, sus sorpresas, su caudal, sus afluentes, sus sedimentos... En la vida nacemos, crecemos, giramos en la dirección que nos marca la tierra, nos unimos a otros y luego nos separamos y con nosotros traemos siempre un equipaje de lo más variopinto. Y la vida, por supuesto, también desemboca. Los ríos arrastran gran cantidad de sedimentos, algunos le acompañan desde el principio y otros nunca llegan hasta el final. Cuanto mayor sea el caudal, cuanto mayor sea la intensidad con la que vivamos, mayor será la erosión y más rico será el bagaje que arrastremos.
En este sentido, los sueños me recuerdan al niño joven e ilusionado que se remanga los pantalones una tarde de verano. Introduce, recatado, un pie en el agua temiendo que la corriente le arrastre río abajo. Una vez ha comprobado la seguridad de su aventura, chapotea, salta, se hunde y emerge hasta quedar exhausto. Y en el trajín de su frenesí, en un momento de calma, llena sus manos de agua conteniendo en ellas la más variada selección del equipaje del río. Así veo los sueños.
Uno nunca sueña con lo que no vive, no ha vivido, no desea o no teme vivir. Los sueños rara vez son caprichosos y muchas veces muestran los más escondidos sedimentos de nuestra vida. Estudiarlos ha sido para muchos el trabajo de toda una vida, y aun así, no sabemos cómo funcionan. Muchas veces odiamos lo que nos muestran, otras lo deseamos con todo nuestro corazón, a veces nos extrañamos y otras, simplemente, no los comprendemos. Pero ahí están, bajando el río y acompañándonos hasta el mar.
Esta noche, mirando al cielo, he descubierto que las primeras nubes del otoño avisan de las próximas y primeras lluvias. Y me he sentido calmado. Me ha tranquilizado saber que, por mucho que cambien algunas cosas; otras, siempre vuelven a su sitio. Y esa serenidad me ha recordado a los sueños que me han asaltado durante tanto tiempo. A la mujer difuminada, etérea y incorpórea que se dibujaba en mi mente por las noches y que me asaltó durante muchos días de mi vida. A la leonardesca promesa difusa que vendía una felicidad que yo no podía alcanzar. Polvo que se disipaba en la oscuridad, agua escurriéndose por los resquicios de mis manos, humo perdiéndose en el aire.
Esta noche, después de mirar al cielo, he comprobado que la mujer que caminaba junto a mí, es el rostro que le faltaba al sueño que tanto me prometía, me he dado cuenta de que ella es mi principal afluente. He sonreído y he seguido viendo como las nubes avisan de las próximas y primeras lluvias. Y me he sentido calmado.

JL