Ser o no ser
Conforme crecemos, quien nos lleva de la mano se esfuerza siempre por buscar nuestra felicidad. Nos riega, nos cuida, nos mima... nos prepara. Intenta hacernos felices, arropándonos con sus manos, hasta el día en que seamos capaces de buscar la felicidad por nosotros mismos. Hasta el día en que volvemos a estar delante del paso de cebra, con la luz en rojo y con su mano fuertemente asida. Cuando cambia el semáforo, su mano se suelta y echamos a correr pensando que él nos está siguiendo. La sensación que envuelve nuestro cuerpo al darnos la vuelta y comprobar como su imagen, sonriente, lejana y familiar, se va haciendo borrosa hasta desaparecer, es una de las más dolorosas de esta vida.
Pero seguimos cruzando, y la luz verde empieza a parpadear. Tenemos que elegir. Puede que sea demasiado pronto, que no estemos preparados, pero hay que elegir. Cuando la luz roja vuelva, los coches arrancarán y todo lo que ahora es carne será entonces polvo.
El hombre desde antiguo ha soñado con la libertad porque siempre ha estado oprimido. Sin embargo, cuando finalmente la consigue, se da cuenta de por qué no la tenía. Ser libre es nuestro mayor privilegio y nuestra mayor responsabilidad; es más fácil seguir obedeciendo, aferrarnos a la mano que nos sujeta. Elegir una opción conlleva rechazar otra y para ello, no siempre estamos listos.
Cuando los coches arrancaron, yo ya había decidido caminar tranquilamente por el centro del cruce, llegar antes de que volviera el rojo y continuar caminando por la acera, dispuesto a buscar mi propia felicidad y a, algún día, ayudar a alguien a encontrar la suya, cogerle la mano con firmeza delante de un semáforo en rojo y soltarle cuando sea el momento, para que mi imagen, como la de mi abuelo, le acompañe siempre, desde la distancia, sonriente, lejana y familiar.

JL









